jueves, 6 de noviembre de 2008

IVÁN THAYS. Finalista en el Premio Herralde de Novela

La novela de la memoria

PARA LA EDITORIAL ANAGRAMA, EL ESCRITOR PERUANO "CONFIRMA LAS ESPERANZAS DEPOSITADAS EN ÉL" EL AUTOR MEXICANO DANIEL SADA OBTUVO EL PRIMER LUGAR DEL PRESTIGIOSO CERTAMEN POR LA OBRA "CASI NUNCA"
Por Yolanda Vaccaro. CorresponsalLAURO. Iván Thays afirma su éxito internacional al ser finalista de uno de los premios más prestigiosos del mundo editorial español.

MADRID. "Un lugar llamado Oreja de Perro". Ese es el título de la novela con la que el escritor peruano Iván Thays fue proclamado ayer finalista en el Premio Herralde de Novela, convocado por la editorial Anagrama. El primer puesto del prestigioso galardón, dotado con 18.000 euros, fue adjudicado al mexicano Daniel Sada por su novela "Casi nunca".

La obra de Thays quedó en segundo lugar en un reñido concurso en el que participaron 244 originales y en el que cinco novelas (dos de México, una de España, una de Argentina y la de Thays) pasaron a una votación final.

Thays se presentó con el seudónimo 'Suraki Rathan'. La novela llevaba el título de presentación "El hombre invisible".

La editorial Anagrama explicó ayer que la novela trata sobre un hombre que intenta escribir una carta en un lugar llamado Oreja de Perro. "Atrás --añadió Anagrama-- queda su historia familiar, la temprana muerte de su hijo Paulo, la ruptura de su matrimonio. Por delante, una intrincada ciudad andina, que fue destruida durante el terrorismo peruano en los años 80, será usada como símbolo de la pacificación con el lanzamiento de un programa de asistencia social. El país exige recuperar la verdad y guardar memoria de los hechos trágicos para buscar una reconciliación".

Durante la estadía del protagonista en Oreja de Perro van apareciendo --tal como apuntó la editorial-- "una serie de personajes espectrales: un amnésico que estudia chino, un fotógrafo viejo y cínico, una muchacha embarazada y con una trágica historia personal, un muchacho de aspecto hosco que la persigue, una hermosa y joven antropóloga que fantasea con corresponsales de guerra". "Incapaz de escribir aquella carta o de tomar cualquier decisión" --puntualizó Anagrama-- "el protagonista vagabundea por un mundo del que se siente cada vez más distanciado, con la sensación de que debe resolver un enigma y sin saber por dónde comenzar. Aunque, a cambio de no intervenir en los trágicos sucesos de los que va siendo testigo involuntario, se le permite advertir algo cierto sobre sí mismo, los límites de su mirada y su verdadera condición".

Para Anagrama, Thays "confirma plenamente las esperanzas en él depositadas". La editorial recuerda lo que Mario Vargas Llosa ha expresado sobre este talentoso escritor peruano: "Thays es uno de los más interesantes escritores que han aparecido en América Latina en años recientes. Es cuentista, novelista, profesor universitario y conductor de un programa de televisión sobre libros; ha dedicado su vida a la literatura, una vocación que en su caso es una pasión".
El jurado estuvo compuesto por Salvador Clotas, Juan Cueto, Luis Magrinyà, Enrique Vila-Matas y el editor Jorge Herralde.

DIVERSIÓN E INTRIGA

"Casi nunca", la obra que quedó en primer lugar, narra la historia de Demetrio Sordo, un agrónomo que pasa sus días en su anodino empleo como administrador y técnico agrícola en un rancho de Oaxaca, en 1945. La editorial presentó así su argumento: "Un día, Demetrio decide que el sexo dará sentido a su vida y va al primer burdel que encuentra. Ahí termina muy allegado a una morena, Mireya, con quien se entiende a la perfección. Poco después, la madre de Demetrio, Telma, le pide que viaje hasta Coahuila para asistir a la boda de su prima Zulema. La idea obvia es que el joven se entienda con alguna señorita ilustre de la comunidad para que haya boda. Y así sucede: Demetrio queda prendado de una joven llamada Renata y de inmediato comienza su compromiso". Se establece así el conflicto de la novela: Demetrio quiere mantener ambas relaciones hasta que sea inevitable romper con una de ellas.

EL DATO

Ganadores anteriores

Solo dos autores peruanos han ganado el Premio Herralde de Novela. Se trata de Jaime Bayly, por "La noche es virgen" (1997) y Alonso Cueto, por "La hora azul" (2005).

Empresa Editora El Comercio. Jr. Miró Quesada #300 Lima 1 – Perú
Fuente: Moleskine

lunes, 27 de octubre de 2008

Martín Adán, cien años de luz poética

Hoy se conmemora el centenario del nacimiento del autor de la Casa de cartón. Fue un poeta erudito y profundo y dueño de una prosa que innovó la narrativa peruana.

Pedro Escribano.
Hace cien años nació Rafael de la Fuente Benavides, quien se inscribió en la historia de la poesía peruana con el nombre de Martín Adán. Su poesía, cincelada en un luminoso barroco, tiene la intensidad de la belleza de la palabra como la profundidad sabia de su pensamiento.


Bien vale preguntarse si los poetas jóvenes hoy en día leen al autor de Travesía de extramares. Si no lo hacen acaso se pierdan una fiesta de "intensidad y altura", como dice un poema de Vallejo.
"Leer a Martín Adán –nos escribe desde Sevilla Julio Ortega– es celebrar el lenguaje. El de la poesía, en primer lugar, que dice más en el barroco deleitoso de este limeño que cuya inteligencia fue una forma de la ironía. Y el habla peruana, herida por una laboriosa distancia del sujeto y sus predicados melancólicos. En esa gramática nuestra Martín Adán introdujo un yo ilativo y elocuente, que se confiesa para guarecerse. Es barroco no solo de forma sino de espíritu, maneras y manías.

Honda y laboriosa, su obra nos libera de la mediocridad para exigirnos otro mundo".

Peter Elmore, desde los Estados Unidos, ratifica el resplandor de este gran poeta: "Poesía no dice nada/poesía se está callada,/escuchando su propia voz" dicen –con sentenciosa lucidez– los versos que inscribe Martín Adán al término de Travesía de extramares (1946) y que repite tanto en el epígrafe de Escrito a ciegas (1961) como en la primera estrofa de La piedra absoluta (1965). ¿Qué agregarle a esa revelación? La palabra poética es, en Adán, una pasión rigurosa: aventura del conocimiento y experiencia de la forma, la obra del poeta –en verso y en prosa– se resiste a las interpretaciones reductoras porque ella no es un mero vehículo de ideas, sino el ejercicio deslumbrante e intenso de un alto oficio. Adán es un virtuoso que extrae posibilidades insólitas de su instrumento, como en las diez décimas –impecables y herméticas– de La rosa de la espinela (1939) o en los sonetos sabiamente encadenados de Diario de poeta (1966-1973). Su virtuosismo no es de la variedad exhibicionista y derivativa, porque nunca desciende a ser una mera demostración de habilidad técnica: el trato del poeta con la tradición –su capacidad de "oír las sumas voces", como dice en un verso certero de Travesía de extramares– no acalla su propia voz, que suena siempre singular, auténtica y exacta".

Exacto. Gocemos el manjar de su poesía.

Aloysius Acker
(fragmento)

¡Aloysius Acker está naciendo
llenando de gritos la casa, el cielo!
¡Aloysius Acker está naciendo!
¡Aloysius Acker, hermano mío,
el hermano mayor, el hermano pequeño!


-¡Para ti son plumas todas las almohadas,
y con uno que no parece todos los sueños,
y con aire todos los caminos
y con voces todos los versos!

[...]

Mi identidad hostil, mi hermano verdadero
según seno incapaz de la propia natura!...
¡Ay, echado, nonato, el ternísimo cero
a cenagosa estrella de inmediata ternura!...

[...]

¿Quemaré la casa paterna?... ¿partiré de la patria?...
¿Seré un monje en un monasterio?...
¿Me echaré a marear, tatuado, barbudo, descalzo,
en el último de los veleros?...
¡Todo me es igual, Aloysius Acker!...
¡Sólo tú me eres idéntico!

[...]


(De Aloysius Acker, Lima 1932)


Prima ripresa

(- Heme así... mi sangre sobre el ara
De la rosa, de muerte concebida,
Que, de arduo nombre sombra esclarecida,
Palio de luz, de mi sombra me ampara.)


(-Heme así... de ciego que llameara,
Al acecho de aurora prevenida,
Desbocando la cuenca traslucida,
Porque sea la noche mi flor clara.)


(-Abrumado de él, sordo por quedo,
He de poder así, en la noche obscura,
Ya con cada yo mismo de mi miedo.)


(-Despertaré a divina incontinencia,
Rendido de medida sin mesura,
Abandonado hasta de mi presencia...)

(Travesía de extramares, Lima 1950)


Ottava ripresa

- No eres la teoría, que tu espina
Hincó muy hondo; ni eres de probanza
De la rosa a la Rosa, que tu lanza
Abrió camino así que descamina.

- Eres la Rosa misma, sibilina
Maestra que dificulta la esperanza
De la rosa perfecta, que no alcanza
A aprender de la rosa que alucina.

- ¡Rosa de rosa, idéntica y sensible,
A tu ejemplo, profano y mudadero,
El Poeta hace la rosa que es terrible!


- ¡Que eres la rosa eterna que en tu rama
Rapta al que, prevenido prisionero,
Roza la rosa del amor que no ama!
¡Ay, que es así la Rosa, y no la veo!...

(Travesía de extramares, Lima 1950)


Escrito a ciegas

(Fragmento)

¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.

¿Por qué preguntas quién soy,
Adónde voy?… Porque sabes harto

Lo del Poeta, el duro
Y sensible volumen de ser mi humano,
Que es un cuerpo y vocación
Sin embargo.

(…)

Entonces te diré de mi vida,
Que no es más que una palabra más…
La toda tuya vida es como una ola:
Saber matar,
Saber morir.


Y no saber retener su caudal,
Y no saber discurrir y volver a su principio,
Y no saber contenerse en su afán
Si quieres saber de mi vida,
Vete a mirar al Mar.

(Escrito a ciegas, Lima 1961)


Poesía, mano vacía

Poesía, mano vacía...
Poesía, mano empuñada
Por furor para con su nada
Ante atroz tesoro del día...

-Poesía, la casa umbría
La defuera de mi pisada...
Poesía la aún no hallada
Casa que asaz busco en la mía...


-Poesía se está defuera:
Poesía es una quimera...
¡A la vez a la voz y al dios!...
Poesía, no dice nada:
-Poesía se está, callada,
escuchando su propia voz.

(De Diario de poeta, Lima 1975)


Quarta ripresa


- La que nace, es la rosa inesperada;
La que muere, es la rosa consentida;
Sólo al no parecer pasa la vida,
Porque viento letal es la mirada.

- ¡Cuánta segura rosa no es en nada!...
¡Si no es sino la rosa presentida!...
¡rosa y a la vida Si Dios sopla a la
Por el ojo del ciego... rosa amada!...
- Triste y tierna, la rosa verdadera
Es el triste y el tierno sin figura,
Ninguna imagen a la luz primera.

- Deseándola deshójase el deseo...
Y quien la viere olvida, y ella dura...

(Travesía de extramares, Lima 1950)

2008 Grupo La República - Todos los derechos reservados
Lunes, 27 de Octubre 2008
Cultural




Martín Adán

Letra viva


Nuestro poeta maldito

Ricardo González Vigil

En 1976 Martín Adán obtuvo el Premio Nacional de Cultura en el área de Literatura. En la ceremonia de entrega de dicho galardón (a la que, por cierto, no asistió Martín Adán, fiel a su marginalidad radical), ensalzaron sus méritos Luis Alberto Sánchez y Mario Vargas Llosa, es decir las figuras más reconocidas internacionalmente (y menos marginales, qué duda cabe) de la crítica y la creación literaria peruana, respectivamente.
Aquí recordemos que Vargas Llosa sostuvo que Martín Adán era nuestro poeta maldito. Efectivamente, pensando en figuras como Baudelaire, Rimbaud y Mallarmé (además de su propia trayectoria desgarrada, en carne viva), Verlaine hizo famosa la expresión 'poetas malditos' para mencionar a poetas marcados por una vocación absorbente (con ambiciones de videncia, magia, alquimia verbal, sacerdocio del absoluto, etc.) que los inhabilitaba para la vida burguesa y, en general, el contrato social. Alcohólico como Verlaine (y su admirado Rubén Darío, quien veneraba a Verlaine y a los 'raros', su versión de los 'malditos'), Martín Adán se desvivió en trance de absoluto, rompiendo con su existencia ciudadana de Rafael de la Fuente Benavides, aislándose en manicomios (porque --sostenía-- los locos están afuera), ajeno al contrato social, incluyendo en él el mundillo literario de las ediciones y los premios, que nunca buscó y corrieron a cargo de sus fervientes admiradores.

¿Cómo no detectar la irreverencia de un Rimbaud en "La casa de cartón", incluso en textos de la madurez, como los agónicos "La mano desasida" y "Escrito a ciegas"? ¿Cómo no percibir la afinidad de "La rosa de la espinela" y "Travesía de extramares" con el virtuosismo barroco de Mallarmé, gestor este de la poesía pura? ¿Cómo no conectar de la religiosidad heterodoxa y turbulenta de Martín Adán con la estela de Baudelaire y Verlaine (y Rubén Darío)? Sí, en el Perú y en todo el ámbito de la lengua española, Martín Adán es el mayor poeta maldito.

Mientras se emprenda la difícil tarea de una edición crítica de toda la obra de Martín Adán (con series poéticas como "Arquitectura", no considerada por Silva Santisteban), el aporte de "Obra poética en prosa y verso" resulta relevante. Cuestión espinosa es la del pulso poético de la prosa de Adán. Así, negándose a ver "La casa de cartón" como una novela vanguardista, Silva Santisteban la juzga escritura poética en prosa. El problema es que nuestro poeta dinamita los límites entre los géneros literarios, al extremo que su tesis doctoral "De lo barroco en el Perú" mas no es un tratado académico sino una galería de autores caracterizados con lenguaje metafórico.


Título

"Obra poética"


Autor

Martín Adán


Editorial
PUCP

Libro y disco
Las ediciones más completas y cuidadosas de Martín Adán estaban agotadas hace varios años: "Obra poética" (1980) y "Obras en prosa" (1982), confeccionadas por el destacado investigador (también poeta y editor) Ricardo Silva Santisteban. Esta nueva edición no se limita a reproducir la de 1980, sino que ha agregado los fragmentos conocidos de "Aloysius Acker", el conjunto "Poemas varios" y algunos nuevos textos de "Mi Darío" y "Diario de poeta". En 1980 solo incluía los "Poemas Underwood" de "La casa de cartón"; ahora ha optado por toda "La casa de cartón", estimándola escritura poética en prosa. De otro lado, ofrece un CD con la voz de Martín Adán leyendo páginas suyas, editada por Jesús Ruiz Durand.

Copyright Empresa Editora El Comercio S.A.

Jueves, 15 de febrero de 2007

LA CASA DE CARTÓN

Retrato del artista precoz


MARTÍN ADÁN TENÍA VEINTE AÑOS CUANDO PUBLICÓ EN 1928 LA CASA DE CARTÓN. OCHENTA AÑOS DESPUÉS EL LIBRO SIGUE DESLUMBRANDO POR SU INSÓLITA APUESTA VANGUARDISTA Y ES ALGO ASÍ COMO UN RARA AVIS DE NUESTRAS LETRAS. EN LAS SIGUIENTES PÁGINAS UN HOMENAJE A MARTÍN ADÁN, UN AUTOR DE CULTO, DE QUIEN EN OCTUBRE PRÓXIMO SE CELEBRARÁN CIEN AÑOS DE SU NACIMIENTO.


Por Peter Elmore
Breve y ágil obra maestra, La casa de cartón es un libro singular en la literatura peruana y en la bibliografía de su propio autor. Tenía veinte años Martín Adán cuando, a fines de 1928, publicó su insólita y brillante novela vanguardista. Al texto de esa primera edición lo flanqueaban, cordiales y entusiastas, un prólogo de Luis Alberto Sánchez y un colofón de José Carlos Mariátegui. Fiel al ánimo contestatario y los modales provocadores de la vanguardia artística, el joven creador no quiso creerse consagrado y, más bien, prefirió pensar que su primera aventura impresa era un ejercicio marginal y fallido: "Este ejemplar clandestino de una edición malograda" es la fórmula que Adán repitió en todas las copias dedicadas del volumen.


"Ya ha principiado el invierno en Barranco", señala la oración que abre La casa de cartón. Al comienzo del relato, la indicación de tiempo y lugar nos sitúa en las coordenadas de un narrador-personaje que, como un yo lírico, habla en presente. En el lindero entre las vacaciones y el año escolar, el narrador -que se desdobla y se dirige a sí mismo en segunda persona- fantasea con el escape a un sitio que esté más allá del calendario: "Y tú no quieres que sea verano, sino invierno de vacaciones, chiquito y débil, sin colegio y sin calor". El protagonista adolescente quiere excluirse tanto del ocio reglamentario como de la disciplina impuesta: su intención es refugiarse en un lugar imaginario y propio. Ese repliegue en la subjetividad -en una subjetividad anárquica y proteica, desdeñosa de los convencionalismos- es la matriz del espectáculo textual que se despliega, luminosamente, en La casa de cartón.


LA COMEDIA DEL BALNEARIO

Una galería variopinta e internacional de personajes desfila por el escenario versátil de la escritura, exhibida por un irreverente maestro de ceremonias. Agentes viajeros ingleses, profesores germánicos y turistas anglosajonas, así como viejas beatas vernáculas, trabajadores domésticos y bañistas de diversas generaciones se convierten en el reparto excéntrico de una exuberante comedia urbana (o, para ser más preciso, suburbana). La realidad social se destila y enrarece hasta el punto de asimilarse al orbe autónomo de la creación verbal, que se rige por sus propias reglas. Por lo pronto, lo humano se deshumaniza mientras que, en simétrico contraste, los objetos cobran vida. Así, la fotógrafa Annie Doll ( "doll", por cierto, significa "muñeca") le hace honor a sus señas y, de hecho, parece una ilustración de su apellido: "Se apretaba un botón, y Miss Annie Doll arrojaba afuera el cuerpo y las gafas amarillas". Inversamente, los postes de alumbrado cobran, por los buenos oficios de la metáfora, forma de personas: "De noche se echan a andar los postes. Yo he reconocido en una calle alejadísima a un poste que se pasa el día entero parado a la puerta de mi casa, con el sombrero en la mano, tieso, absorto, como callando un dolor de riñones o haciendo sumas con la cabeza". La única novela de Adán le está dedicada a José María Eguren, el fundador de nuestra tradición moderna, y ese gesto de homenaje cariñoso a otro barranquino es también el reconocimiento de un linaje: la imaginería lúdica y el aura de aparente puerilidad que distinguen a estos pasajes de La casa de cartón se emparentan, aunque en una clave que no es la del ensueño lírico ni la de la fantasmagoría gótica, con la poesía del autor de La canción de las figuras.

En las páginas de La casa de cartón, al Barranco de los años 20 lo reinventa una conciencia artística que prefiere la transfiguración poética a la precisión mimética: gracias a un tratamiento a la vez humorístico y alucinatorio, Adán le imprime una fisonomía nueva y extraña al balneario próspero de los tiempos del Oncenio leguiísta (en esos años, de 1919 a 1930, se impulsó con brío y pocos escrúpulos la modernización de Lima, que había comenzado ya a principios del siglo XX). La expansión urbana -motivo de especulaciones inmobiliarias y de entusiasmos cívicos- era un fenómeno novedoso en Lima, que por 250 años se había circunscrito a sus antiguos límites. El narrador-protagonista no se deja impresionar por los cambios, de los que da cuenta con diestra plasticidad: "Y, al salir del campo, limitado por urbanizaciones, advierto que el campo está en el cielo: un rebaño de nubes gordas, vellonosísimas, con premios de Exposición, trisca en un cielo verde. Y esto lo veo de lejos, tan de lejos, que me meto en cama a sudar colores". La distancia afectiva, intelectual y existencial del narrador es, sin duda, un síntoma de rebeldía generacional. Es también una marca de disidencia estética y moral: el artista en ciernes no comparte la complacencia consumista de los beneficiarios del Oncenio, pero tampoco se identifica con la nostalgia criolla y populista que tiene su expresión más obvia en las crónicas de Una Lima que se va, de José Gálvez.

LA AMISTAD Y LA POESÍA

La casa de cartón adelgaza al mínimo la trama y no satura de biografía a los personajes que nombra, pero bastan los indicios que disemina el narrador para que los lectores reconozcan una historia. El colegial que vuelve a la rutina académica pasa revista a su entorno, evoca temporadas idas y, sobre todo, convoca el recuerdo del amigo difunto, Ramón, que lo inició -pese a no haber pasado él mismo la estación del aprendizaje- en la experiencia de la poesía. No hay, sin embargo, patetismo ni dolor en La casa de cartón. En una novela cuyos personajes no simulan ser de carne y hueso, la muerte es menos una desgracia que uno de los modos de la ausencia: "Yo sueño con una iconografía de Ramón, que me permitiera recordarlo a él, tan plástico, tan espacial, plásticamente, espacialmente". Incorpóreo y sutil, el objeto de la evocación es un holograma: su sustancia, como la de los demás personajes y presencias que pueblan la novela de Adán, es la de la imagen. También el paisaje urbano tiende a existir como una representación visual, inestable e inasible: "Y la ciudad es una oleografía que contemplamos sumergida en agua: las ondas se llevan las cosas y alteran la disposición de los planos". El narrador de La casa de cartón ha educado la vista -sensible al movimiento y los detalles- en el cine: a esa tecnología moderna de la mirada aluden los efectos ópticos ("todo es así -temblante, oscuro- como en pantalla de cinema") y, con frecuencia, la lógica de la composición ("En el tranvía. Las siete y media de la mañana. Un asomo de sol bajo las cortinillas bajas. Humo de tabaco. Una vieja erecta. Dos curas mal afeitados. Dos horteras. Cuatro mecanógrafas.."). En el relato de Adán, Barranco es un lugar híbrido, en tránsito, donde se encuentran y combinan impulsos contrarios. Ese espacio abigarrado se anima con la dialéctica fricción entre lo estático y lo dinámico, entre lo viejo y lo nuevo, propiciando visiones que son, simultáneamente, eufóricas e irónicas: "El rosario va en el seno y no suena. A las doce del día, cae el sol líquido y a plomo como un aguazo amarillo de carnaval antiguo. Los tranvías pasan su cargamento de sombreros. Ay, el viento, qué alegría en este mar de la seriedad. ¡Se inflan todas las Crónicas y Comercios, tanto que uno teme una retromarcha del carro, casi un vuelo sesgado sobre los rieles y los postes! Una garita se pone a salvo de un brinco". La prosa elástica y flexible de Adán se rige por una experiencia perspicaz de la temporalidad: con exacta agudeza, el escritor registra desde la aceleración extrema (como en el raudo viaje mental a París de Manuel, uno de los amigos del narrador) hasta la vivencia de la lentitud ("La tarde proviene de esta mula pasilarga, tordilla, despaciosa"). La modernidad, escribe Octavio Paz en Los hijos del limo, se funda en el tiempo y sus cambios: bajo esa luz, La casa de cartón es, sin lugar a dudas, la obra de un artista radical y lúcidamente moderno. Son treinta y siete las piezas -viñetas, cuadros, escenas y el espléndido "Poemas Underwood", próximo en temple y textura a Cinco metros de poemas, de Carlos Oquendo de Amat- que componen La casa de cartón, armándola de acuerdo a una arquitectura flexible y ligera, casi aleatoria. El orden del relato no es lineal (una carreta, se dice en uno de los primeros cuadros del texto, sigue un camino "recto hasta la imbecilidad"). Los fragmentos de la obra se articulan en una estructura holgada y múltiple que hace de la única novela de Adán un laberinto amable, donde el juego de la lectura se orienta en direcciones inesperadas. Aventura de la imagen y artefacto de la palabra, La casa de cartón sigue siendo, a ochenta años de su publicación, uno de los libros más audaces y renovadores de la literatura peruana.
Cubierta de la primera edición de La casa de cartón. Lima: Impresiones y Encuadernaciones, "Perú", 1928.

Fuente: Colección Martín Adán de la PUCP.

© Empresa Editora El Comercio. Jr. Miró Quesada #300 Lima 1 – Perú

lunes, 20 de octubre de 2008

Oswaldo Reynoso. "Ya estoy cansado de que me engañen"

El autor de En octubre no hay milagros visita al Cisto Morado, habla de Lma y de Huamanga, Huamanga, la novela que está escribiendo.



Pedro Escribano.


El maestro. Oswaldo Reynoso en su casa junto
a una gigantografía que publicita su libro Los inocentes.

En octubre sí hay milagros. El escritor Oswaldo Reynoso se acercó a la casa del Cristo Morado, la iglesia de las Nazarenas, en una rápida visita por el Centro de Lima. No es que el autor de El escarabajo y el hombre esté buscando volver al redil, pues, como muchos, es consciente de que es un irreversible descarriado por las villas del Señor.
Su visita, un par de vueltas por la realidad, como diría el recordado poeta Juan Ramírez Ruiz, dio pie para conversar sobre la Lima masiva, balbuceante, que él, con prosa viva, irreverente, otrora describió en sus libros En octubre no hay milagros y Los inocentes. Como afirma, entonces no bastaba presentar los escenarios limeños (bares, cantinas, peluquerías, prostíbulos, calles modestas, parques), tampoco el físico de sus personajes, sino mostrar su lenguaje, sobre todo en su dimensión de jergas. Y eso es lo que hizo y con ello se ganó, no la gloria, pero sí un merecido lugar en la narrativa peruana.
–Describiste a la Lima de los 50 y 60, ¿esta ciudad se ha convertido en un monstruo o ya era un monstruo?
–Comenzaba a ser monstruo. Precisamente En octubre no hay milagros hay un personaje que mira desde un edificio y desde allí puede ver cómo los alrededores de la Lima antigua van llenándose de barriadas.


–¿Era una ciudad desconocida en muchos sentidos?
–Los migrantes de esa época, no teníamos una idea cabal de lo que era Lima, puesto que era difícil de llegar a Lima desde las provincias. No había televisión y las fotografías eran en blanco y negro y siempre se veían edificios como los ministerios. Para nosotros era una ciudad muy lejana. Sí, de tal manera que cuando un provinciano llegaba a Lima se encontraba con una ciudad que nunca había imaginado. Los provincianos se quedaban extramuros de la ciudad.


–Cada vez es más diversa.
–Hace años un joven sociólogo hizo un trabajo. A los jóvenes de diferentes distritos de Lima les dio un papel y lápiz y les pidió que hicieran un plano de Lima.


–¿Cuál fue el resultado?
–Yo leí una versión que salió en los diarios. Para uno de Huaycán, de la Carretera Central, la ciudad de Lima terminaba en la Parada. Para el de la zona Norte, la ciudad terminaba en la plaza de Armas. Y los jóvenes de los barrios aristocráticos de Lima, solamente señalaban Miraflores y la Av. Benavides. Cada quien tenía su Lima. Eso te demuestra que esta ciudad es muy fragmentada.


–¿En Los inocentes fue atrevimiento usar la jerga?
–Yo no lo hice por atrevimiento, sino lo hice por la concepción que yo tenía de la narrativa, que los personajes no solamente fueran descritos por su físico, por su ropa, sino también que el personaje se presentara frente al lector por su forma de hablar. Esa era mi intención. Pero después me di cuenta de que en la narrativa anterior cuando tenían que emplear palabras groseras ponían la inicial con puntos suspensivos. Se escribiría "eres una p...", "te vas a la misma m…". Antes el escritor era muy pudoroso.

Como siempre, junto a los alumnos en un colegio. El escritor supo capturar en sus libros no solo el espíritu, sino también el lenguaje juvenil.


–Por Los inocentes fuiste fustigado...
–Sí, recuerdo mucho que en un programa de televisión me dijeron que en mi libro yo empleaba muchas groserías, palabras ordinarias. Yo le dije que no, que yo no encontraba palabras groseras. El que me entrevistaba se molestó, cómo es posible que usted niegue una cosa tan evidente, pues allí tenía mi libro y que por respeto al público decía que no iba a leer. Yo le dije que depende de la concepción que usted tenga de lo que es una palabra grosera. Y me pidió que diga cuál era mi concepción. Le dije, mire usted, la palabra justicia en boca de un juez que no hace justicia y que recibe coimas, es grosera. La palabra Dios en boca de un sacerdote que no lleva una vida correcta, esa palabra se convierte en grosería en sus labios. La palabra patria en boca de un militar traidor, es una tremenda grosería. Pero cuando a un muchacho de cualquier barrio pobre de Lima, alguien viene y le da un golpe y este voltea y le dice "qué te pasa concha tu madre", esa palabra es buena porque le sale desde el fondo de su alma. Es una palabra sincera. Me sacaron del aire.


–¿Lima ya no es una ciudad cucufata como era antes?
–Hay una anécdota muy bonita. Me invitaron aun colegio porque los alumnos habían leído mis libros. Estaban el director, el subdirector. Los alumnos me hicieron preguntas muy interesantes. Un alumno pide la palabra y me dice, "mire, profesor, con todo respeto, en unos de sus libros hay un joven que se masturba en una plaza pública, ¿para usted la masturbación es buena o mala?" .El director lo miró con furia, la directora no sabía qué hacer. Hubo un silencio total… Entonces le dije: cuando yo tenía la edad de ustedes, decían que a quien se masturbaba le crecían vellos en las palmas de las manos. Toditos comenzaron a verse la palma de las manos… (risas), también decían que se volvían locos y también se decía que quien se masturbaba se iba al infierno… ¿ustedes creen en el infierno? Se escuchó un rotundo ¡no! Eso me lleva a la conclusión de que esta juventud ya no es cucufata. Ah, les expliqué sobre la masturbación y el director se fue. Tuve que terminar la conferencia y salí solo, con los aplausos de los alumnos.


–¿Lima ya no es inocente?
–Eso te da una idea de que Lima ha cambiado, ya no hay cucufatería. Ahora, el Señor de los Milagros es una tradición, claro, hay quienes creen, pero ya es otra forma de creencia. Es un ritual, como las fiestas patronales de los pueblos. La procesión en realidad es una feria.


–La expresión "en octubre no hay milagros" se ha convertido en una frase recurrente por su sentido irónico.
–Yo he llegado a la conclusión de que, efectivamente, por ese fenómeno, ahora sí creo que en octubre sí hay milagros (risas).


NADA CON PARTIDOS


–¿Por qué nunca militaste en un partido?
–No. Tuve contactos, asistía a alguna reunión, pero no milité. Un escritor debe tener una ideología y la libertad para escribir.


–¿El APRA se merecía esta segunda oportunidad?
–A mí nunca me ha interesado la política oficial peruana. Para mí que gobierne Fulano o Zutano es lo mismo porque no cambian los grupos de poder. Entonces yo no me dejo ilusionar por los políticos.


–Como ciudadano se supone que tienes una opinión.
–No me interesa, porque en el fondo van a ser lo mismo. Ya estoy cansado de que me engañen, por eso ya hace años tomé la determinación de no votar, porque no me gusta que cada cinco años me metan el dedo a la boca.


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"No soy eterno, ya no hay"


–¿Qué estás escribiendo ahora?

–Una novela en tres tiempos. Comienzos de la década del 60, ubicada en Huamanga. El otro momento temporal es la década del 90 y el tercer tiempo es el momento en que escribo. Esos tres tiempos se van entrecruzando, pero yo no soy un escritor de planificación de novelas sino de pulsaciones internas... Actualmente he escrito 300 páginas de esta novela que se titula provisionalmente Huamanga, Huamanga.


–¿Cuál es el argumento?
–Ahora ya me he salido de todo. Escribo fragmentos y fragmentos de no sé qué será, ya no hay novela.


–¿Has fragmentado la novela?
–No, no. Al comienzo, me impresionó la frase de André Gide en el último libro en el que dice que va a cumplir 80 años, que ya no tiene la suficiente fuerza para escribir una novela y que lo único que le queda es escribir lo que salga.


–¿Temes el agotamiento?
–No es que tema, sino simplemente ya no hay, pues. No soy eterno. Entonces me impresionaron esas frases de Gide y comencé a escribir los recuerdos de Huamanga. Pero me tranqué, no pude seguir. Y recordé a Proust. Proust dice que el tiempo todo lo destruye, el tiempo lo borra todo y lo único que hay que poner frente a esta destrucción del tiempo es el recuerdo, la memoria. En ese momento la novela toma otro giro, en estructura y en todo, tiene mucho de videoclip y de diario.

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jueves, 16 de octubre de 2008

¿Con lengua o sin lengua? - Fernando Savater

OCTUBRE DE 2008
Savater gana el Planeta con una novela detectivesca
Con lengua o sin lengua?


El Manifiesto por la lengua común ha recabado miles de firmas y adhesiones, pero también no pocas descalificaciones. Fernando Savater, su principal impulsor, recapitula sobre las pasiones desatadas por un documento que, bien leído -o sólo leído-, no resulta demasiado revolucionario.

En España hay dos formas de derogar una propuesta política que resulta incómoda a tirios y a troyanos: primera, señalar justamente que es política y subrayarlo en tono acusatorio (“vaya, con que politizando la política, ¿eh?”); segunda, declarar encogiéndose de hombros que no es urgente o, peor, que es inoportuna (se trata de una variante del estribillo burocrático por excelencia, el “vuelva usted mañana” glosado genialmente por Larra). Ambas descalificaciones han caído, juntas o por separado, sobre el Manifiesto por la Lengua Común. La censura contra la politización de un problema político nos llegó en múltiples tonos y énfasis, desde las admoniciones del presidente del gobierno y adláteres hasta el cauteloso retroceso de algunos firmantes acongojados (¿se dice así?) por la fuerte marejada que levantó el texto. Otros prefirieron distanciarse señalando que el asunto lingüístico no corre prisa, pese a que todos los días se están dictando normativas discriminatorias y hay miles de padres que tienen que educar a sus hijos ya, no el próximo milenio. Para ellos lo de rescatar la lengua común del país no apremia (llevamos después de todo décadas perdiéndola), comparado con la crisis económica, la violencia de género o –sobre todo– los desafueros norteamericanos en Iraq. Además, se trata de una reivindicación inoportuna, porque compromete al gobierno y denuncia a la oposición, además de “radicalizar” a los nacionalistas, que son, como ya se sabe, irritabile genus: si se les concede lo que piden lo ensanchan y desbordan hasta el abuso, si se les niega se enfadan y se convierten en nacionalistas más rabiosos todavía. No hay forma de darles gusto y por eso hay cada día más, porque todo el mundo quiere apuntarse al partido al que se le permiten los caprichos.
De todas formas y pese a estas previsibles descalificaciones, los promotores del Manifiesto por la Lengua Común no podemos quejarnos. Lo han apoyado, además de miles de ciudadanos, figuras destacadísimas de la literatura, la universidad, los medios de comunicación, las artes plásticas, la música, el deporte, el comercio… No diré, porque sería presuntuoso, que quienes lo han firmado son los mejores, pero sí se puede asegurar sin miedo a error que desde el inicio de nuestra democracia nunca ha habido un documento semejante suscrito por tal plantel de celebridades, muchas de las cuales jamás se habían comprometido con nombre y apellidos en este tipo de iniciativas. Y hay que recordar que se trata de una iniciativa privada, sin ningún tipo de apoyo o reconocimiento institucional sino más bien todo lo contrario. Para bien o para menos bien, el impacto de esta propuesta ha sido tremendo y ha desencadenado una serie de reacciones airadas o favorables realmente sin precedentes. Veremos si ese retumbar social termina concretándose en alguna medida política concreta, aunque ya sabemos que hay varias en marcha. Sea como fuere, la impresión general es que las cosas en este terreno ya no volverán a ser lo mismo o, como suele decirse con cierta truculencia, que el manifiesto marca un antes y un después.
Leído con cierto detenimiento y algo de discernimiento, tarea que se han ahorrado voluntariosamente casi todos sus oponentes y bastantes de sus partidarios, el texto no resulta en modo alguno demasiado provocativo ni mucho menos revolucionario. Parte del reconocimiento, culturalmente indudable y constitucionalmente establecido, de una lengua común –el castellano o “español”, como también se lo denomina precisamente por este carácter común– en nuestro país, España. Afirma que tal lengua común no es una mera imposición legal o social sino un beneficio político para nuestra democracia (a ninguna democracia la ayuda la cacofonía), además de un importante activo cultural y hasta económico en nuestra proyección mundial, por tratarse de una lengua de primer rango internacional (la tercera en número de hablantes, siempre creciente, y la segunda en extensión tras el inglés). Por supuesto, el Manifiesto reconoce y encomia como muy valiosa la presencia de otras lenguas no menos españolas en algunas regiones y apoya la tutela de los derechos de sus hablantes en todos los ámbitos institucionales y sociales correspondientes. Lo único que se rechaza es la posibilidad de que se ejerza en tales regiones una discriminación positiva abusiva en detrimento “compensatorio” de quienes optan allí por usar la lengua común en la educación, las relaciones con la administración… Sólo una mentalidad estrechamente nacionalista trata de obstaculizar el uso de la lengua común precisamente porque es común (y por tanto más extendida), imponiendo la otra lengua para favorecer el sueño separatista de crear estados dentro del Estado y que no respondan ante él. Porque una cosa es ser partidario del Estado de las autonomías y otra el querer un Estado de los nacionalismos… es decir, la fragmentación del Estado de Derecho democrático.
Las reacciones nacionalistas al Manifiesto eran de esperar, pero en algunos casos han sido particularmente pintorescas. Por ejemplo, la acusación contra los firmantes de pretender imponer un estricto monolingüismo que no respeta el pluralismo del país… Tomen nota: quienes reclamamos que haya igual opción para estudiar en castellano o en la lengua regional en las autonomías bilingües, los que queremos que las declaraciones institucionales, los formularios oficiales o la información vial sea en ambas lenguas, los que pedimos que los ciudadanos puedan comunicarse con la administración en cualquiera de ellas y que en los comercios o negocios privados cada cual elija la que prefiera… somos monolingüistas rabiosos; en cambio quienes imponen la lengua cooficial como única vehicular de la enseñanza (la famosa inmersión lingüística), los que rotulan las vías públicas sólo en ella o no facilitan impresos oficiales más que en ella (y en inglés, llegado el caso), los que convierten el conocimiento de esa lengua en un mérito predominante para cualquier cargo administrativo (hasta el punto de vedarlos a quienes no la dominen, aunque estén mejor preparados profesionalmente que los demás)… ésos son bilingüistas respetuosos e intachables. ¡Vaya, hombre!
También los pretextos para defender este exclusivismo (y los obstáculos a la lengua común) son curiosos, sobre todo en el terreno de la educación. Por ejemplo, según algunos la inmersión lingüística favorece la integración social e impide la formación de guetos: argumento proceloso, porque invertido serviría para imponer la lengua común como única en toda la educación pública, como ocurre en Francia. También hay quien se ampara en razones presupuestarias: será demasiado oneroso costear dos líneas educativas, por tanto sólo puede haber una… casualmente la que omite la lengua común. Me recuerda el chiste del viajero que, cuando el tren para en una estación unos pocos minutos, llama desde la ventanilla a un muchacho que pasea por el andén: “Por favor, chico, toma diez euros y tráeme un bocadillo de jamón de la cantina… con lo que sobre puedes comprarte tú otro”. Al rato, el mozo vuelve masticando ufano su bocadillo: “Oye ¿y el mío?” “Lo siento, no había más que para uno”.
Dejo de lado, por razones higiénicas, el caso de quienes como el gallego Suso de Toro y bastantes otros nos han atribuido razones xenófobas y hasta genocidas. Podría uno sentirse ofendido por tales dicterios, pero yo creo que no hay injuria en lo que sale de boca de los tontos y de los niños… y es evidente que Suso de Toro y demás compadres son rematadamente niños. En realidad, salvo por la virulencia, no me chocan demasiado los rugidos de los intelectuales nacionalistas o para-nacionalistas, que en estas cuestiones suelen ser bastante maximalistas y poco dados a matices. En cambio no deja de parecerme mal síntoma para nuestra democracia que bastantes intelectuales no nacionalistas (cuyas alarmadas confidencias contra los estragos del provincianismo separatista he compartido tantas veces) no se hayan decidido finalmente a suscribir un manifiesto que parecía hecho a la medida de sus habituales reclamaciones. Se me ocurren varias explicaciones para este abstencionismo a menudo vergonzante. Primera y más elemental, los apremios de la supervivencia: los que trabajan en medios de comunicación radicados en autonomías de predominio nacionalista o cercanos ideológicamente a los intereses gubernamentales (que por el momento parecen proclives al nacionalismo salvo en cuestiones de financiamiento autonómico) no quieren “significarse” –como me reprochaba mi madre que yo hacía durante el franquismo– para ahorrarse problemas laborales o de convivencia. Pueden ser simples aprensiones, pero no está el panorama económico del país como para correr riesgos. Pero ¿y aquellos otros cuya posición en el ranking de ventas les excluye de esos temores tan vulgares? Les haré una confidencia: la mayoría de los intelectuales que conozco, incluso los más anticlericales, pertenecen a la orden mendicante. No mendigan dinero, no, pero sí reconocimiento público, honores, academias, espacio preferente en los suplementos literarios o en los programas de radio y televisión más atendidos. Quieren ser no sólo muy vistos sino también bien vistos, al menos por parte de las fuerzas vivas. De modo que tienen buen cuidado de no desagradar nunca a los “suyos”, para asegurarse al menos un canal de homenajes. Muchos de ellos son admirables por su arte y talento, pero padecen esa infantil debilidad, casi conmovedora. Tomar una actitud que les indisponga a la vez con las autoridades nacionalistas y estatales, así como con gran parte de la izquierda y hasta de la derecha, es pedirles demasiado. ¿Y si les confunden con los de la acera (política) de enfrente y se les olvida en el reparto de galardones o aplausos? En fin, cosas humanas y comprensibles aunque también –como casi todo lo comprensiblemente humano– algo tristes.
En resumen: el Manifiesto reivindica el derecho de los ciudadanos españoles a utilizar su lengua común –históricamente asentada y constitucionalmente reconocida– en todo el país, tanto para expresarse, para educarse, para informarse o para relacionarse con la administración, sin perjuicio del reconocimiento del derecho a usar igualmente las otras lenguas cooficiales en sus regiones respectivas. Y además resalta la importancia de que exista una lengua común como vehículo de funcionamiento democrático y garantía de unidad del Estado de Derecho, frente a los pujos disgregadores de las ideologías etnicistas o de los simplemente aprovechados que buscan ventajas en el juego colectivo. En vez de insultos soeces o subterfugios bizantinos, los firmantes del Manifiesto agradeceríamos explicaciones de por qué este planteamiento es erróneo o nocivo. También sería muy oportuno que los partidos políticos se definieran al respecto y, si están de acuerdo con nuestra propuesta, la apoyaran parlamentariamente y dejaran claros los derechos y deberes al respecto para el futuro. Creemos que este asunto no sólo es de interés en España, sino también en toda Hispanoamérica. Para los ciudadanos de esos países, nada más interesante que una nación europea –vinculada a ellos por múltiples lazos– donde pueden comunicarse, estudiar, negociar o trabajar en su propia lengua. Y al revés, naturalmente: no deja de ser significativo que muchos de los que en España se muestran remisos o claramente hostiles ante la lengua común (porque aquí el beneficio económico y político se saca del compadreo con los nacionalistas), en cuanto cruzan el charco se convierten en fervorosos adalides del español, porque eso es precisamente lo que resulta más rentable allí para escritores, editores, empresarios y políticos. Porque no sólo tenemos una lengua común en España, sino que también es válida para una comunidad mucho más ancha y populosa, a uno y otro lado del gran océano. Quien nace acá o allá dentro de esa comunidad tiene la oportunidad de recibir desde el comienzo una herramienta verbal que le abrirá unas perspectivas y le ofrecerá posibilidades que muy pocas otras lenguas pueden mejorar. Es un verdadero atropello social y cultural regatearle esa riqueza por cualquier pretexto de mezquindad sectaria.~


© EDITORIAL VUELTA 2008 / TÉRMINOS Y CONDICIONES DE USO

jueves, 9 de octubre de 2008

El francés Jean-Marie Le Clézio, Nobel de Literatura

La Academia Sueca premia la aventura poética del novelista, decimocuarto escritor galo que recibe el galardón

"El escritor de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante", así califica la Academia Sueca la obra del nuevo premio Nobel de Literatura, el francés Jean-Marie Le Clézio (Niza, 1940). En 45 años de oficio, Le Clézio, un gran viajero fascinado por los mundos primarios, ha escrito una cincuentena de libros cargados de una gran humanidad, señalan los medios franceses. "Como todos los premios literarios, [el Nobel] significa ganar tiempo, resurgir, tener más ganas de escribir", ha declarado en la radio France Inter Le Clézio antes saberse premiado.

DOCUMENTO (PDF - 159,02Kb) - 09-10-2008

Fundación Nobel

A FONDO
Sede:
Estocolmo (Suecia)

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El autor considera que el galardón es "una respuesta" y señala que "escribe para ser leído y ser respondido". Le Clézio sonríe cuando se le insinúa que este premio le inscribirá con mayor presencia en la historia de la Literatura: "Todo eso es relativo, no hagamos de esto algo demasiado grande".

En cuanto a su hipotético discurso de aceptación del premio, Le Clézio asegura que le gustaría que versara sobre las dificultades que tienen los jóvenes para que les publiquen, o las que tiene un autor que escribe en lengua criolla para traducir su pensamiento al francés y encontrar un editor fuera de su isla. "Por qué todo es tan difícil cuando uno vive lejos de un país grande, de un país con dinero", se preguntaba el Nobel minutos antes de saber que iba a ser premiado.

"Esta bien escribir novelas, porque cambias de personalidad, te conviertes en otra persona. Es delicioso cambiar de personalidad totalmente; meterse en la piel de alguien de otra época, de otro sexo e identificarse completamente con esa persona", añade el escritor al hilo de su nueva novela Ritournelle de la faim, (El estribillo del hambre) que se publica estos días en Francia.

Carrera fulgurante

El flamante Nobel recibió mucha atención con su primera novela Le procès verbal, (El atestado, 1964). Por ella, con tan sólo 23 años, recibió el prestigioso premio Renaudot, una obra que definía su literatura existencialista, próxima a Georges Perec y Michel Butor, admirativa de Michel Foucault y Gilles Deleuze. Le Clézio se conjuró para intentar elevar las palabras "por encima del degenerado estado del discurso cotidiano" y restaurar el poder de éstas para invocar una realidad esencial, señala la Academia Sueca.

Su novela de debut fue la primera de una serie de descripciones de los tiempos crisis, que se incluyen en la colección de relatos La fiebre (1965) y El diluvio (1966), en las que señala los conflictos y el miedo reinantes en las principales ciudades occidentales.

Incluso en esta primera etapa, Le Clézio destacó como un autor comprometido con la ecología, una orientación que se acentuó con obras como Terra amata (1967) y El libro de las huídas (1969).

Espaldarazo definitivo

En 1980 recibe un nuevo espaldarazo al recibir el premio de la Academia Francesa por Désert (Desierto), un evocador relato del contraste entre la grandiosidad de las culturas perdidas del norte de África y la mirada de los inmigrantes indeseados en Europa. La proximidad con el norte de África le viene de su esposa Jemia, de origen marroquí, con la que contrajo matrimonio en 1975.

A partir de ese momento, Le Clézio comienza a centrar su obra en el universo amerindio, una cultura en la que profundiza a partir de la traducción de obras como Las profecías de Chilam Balam o El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido. La temática de sus obras cambia, se centra en viajes y en mundos desconocidos y comienza a tener un gran éxito de ventas. En 1994 una encuesta le señala como el mejor escritor francés vivo.

Con Le Clézio son ya 14 los escritores de nacionalidad francesa que obtienen el más alto galardón de las letras. Su nombre no estaba en las quinielas de los favoritos para el Nobel. A sus 68 años, el escritor recibirá un cheque de 10 millones de coronas suecas (1,02 millones de euros), el 10 de diciembre en Estocolmo. Jean-Marie Le Clézio en una imagen de archivo- DANIEL MORDZINSKI

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AGENCIAS / ELPAÍS.com - París / Estocolmo / Madrid - 09/10/2008



Jueves, 9/10/2008