sábado, 16 de mayo de 2009

Cuentos con curvas

Por: Ricardo González Vigil



 NOTABLE. Alfredo Bryce ha vuelto a la narración breve con una colección de cuentos que no tiene pierde.











Cabría sostener que algunos textos de “La esposa del Rey de las Curvas”, el quinto volumen de cuentos del gran escritor Alfredo Bryce Echenique, no están plenamente logrados porque no clausuran de manera impecable, sin nada que sobre o que falte, una trama, ganando por KO (y no por puntos, conforme hace la novela, género con momentos exultantes y pasajes muertos) la admiración del lector, según la consabida definición del cuento hecha por Julio Cortázar. El golpe final resulta laxo en “La funcionaria lingüista”, “Las manías del primo Rodolfo”, “Peruvian Apollo”, “El limpia y La Locomotora” y hasta en esa joya mayor que es “La chica Pazos” las cinco últimas páginas carecen del vuelo maravilloso (alarde verbal y envolvente intensificación de los detalles y de los puntos de vista de Suspiros, la chica Pazos y los muchachos que los conocen) que alcanza su prosa encantatoria durante veintitrés páginas absolutamente magistrales (las pp. 75-97).

Pero valorar así implica someterse a una concepción del cuento que remite a la teoría y la práctica de Poe y de cuentistas noqueadores que ha elogiado Bryce: Cortázar, Hemingway, Rulfo y, por cierto, Ribeyro. Se impone aclarar que se trata de una concepción contraria al impulso creador que caracteriza a Bryce, amigo de las digresiones y las reiteraciones maniáticas. No le nace narrar en línea recta (la distancia menor entre el principio y el final, sin palabras de más o menos); traza un camino lleno de curvas y desvíos que lo atraen embriagado. En el caso de la novela, Bryce ha defendido su estética, amparándose en reyes de las curvas o digresiones literarias: Sterne (adopta ese apellido para su álter ego en “No me esperen en abril”) y Proust. En un género aparentemente inadecuado, el cuento (debe ser breve, puro nervio) Bryce ha insertado desde “La felicidad ja ja” (1974) su estética digresiva y reiterativa, y la acentuado en este nuevo libro: “nuevamente creo que me estoy yendo por las ramas” (p. 14) y “el arte de contar historias no tiene principio ni final” (p. 143).

El mérito excepcional de todo el libro, sobre todo de esas obras maestras bryceanas tituladas “La chica Pazos”, “¡Y se me larga usted en el acto!”, “En la detestable ciudad de Bolon-i-a” (juega con la fobia que hace defecar al protagonista y el “bolo” fecal en aumentativo) y “La esposa del Rey de las Curvas”, radica en que Bryce postula como modelo al cuentacuentos que “te deleita con su interminable y feliz relato oral” (p. 131). Siguiendo ese modelo, Ricardo Palma forjó la tradición, ajeno a las pautas de Poe, para molestia del paladar rígido de Manuel González Prada y Luis Loayza. Respetemos esa opción.

 

ARGUMENTO

Como el señor autor que es, con temas y personajes obsesivos, con un estilo personalísimo, Bryce interpreta variantes de su universo creador: la nostalgia por la adolescencia y la Lima de esos años, las ilusiones amorosas con sus consiguientes descalabros, los prejuicios sociales y raciales criticados irónicamente, pero con la calidez indulgente de quien es fiel al nexo de la amistad, el arribismo social ridiculizado, el error tonto pero fatal, las manías exageradas y el desengaño ante el discurso revolucionario (otra vez aplicado a Cuba).

 

 

 

TÍTULOLa esposa del Rey de las Curvas.

AUTOR: Alfredo Bryce Echenique

EDITORIAL: PEISA.

 

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